Ramón Cabrera y Griñó (1806–1877) fue un destacado militar español y una de las figuras más importantes del carlismo durante la Primera Guerra Carlista (1833–1840). Nació en Tortosa, Cataluña, y desde joven mostró un fuerte apoyo a la causa del infante Carlos María Isidro de Borbón, pretendiente al trono frente a Isabel II.
Cabrera se unió a las filas carlistas en 1833 y rápidamente ascendió por su valentía y habilidades tácticas en la guerra de guerrillas. Lideró numerosas campañas en el Maestrazgo y el Bajo Aragón, donde sus acciones le valieron el apodo de "El Tigre del Maestrazgo". Su ferocidad en el combate y su capacidad para reorganizar las tropas carlistas lo convirtieron en uno de los generales más temidos por las fuerzas liberales.
Tras la derrota carlista en 1840, Cabrera se exilió en Francia y luego en Inglaterra, donde se casó con una aristócrata británica. Aunque inicialmente mantuvo contacto con la causa carlista, con el tiempo se distanció de los sucesivos levantamientos, especialmente durante la Segunda Guerra Carlista (1846–1849), al considerar que carecían de posibilidades de éxito.
En 1875, tras la Restauración borbónica con Alfonso XII, Cabrera reconoció al nuevo rey y renunció definitivamente al carlismo, lo que causó gran controversia entre sus antiguos seguidores. Murió en Inglaterra en 1877, dejando un legado como uno de los caudillos militares más emblemáticos del siglo XIX español.
Su figura sigue siendo objeto de debate: para algunos fue un héroe defensor de la tradición, mientras que para otros representó la crueldad de una guerra civil fratricida. Sin embargo, su influencia en el movimiento carlista y su habilidad como estratega guerrillero son indiscutibles.
Ramón Cabrera emergió como uno de los líderes carlistas más audaces durante la Primera Guerra Carlista, destacando por su habilidad para organizar guerrillas y su implacable resistencia contra las tropas isabelinas. Desde 1834, operó en el Maestrazgo (entre Teruel y Castellón), una región montañosa que convirtió en su bastión. Su táctica de ataques relámpago y movilidad constante desgastó a los ejércitos liberales, superiores en número pero menos adaptados al terreno.
En 1835, tras la ejecución de su madre por las fuerzas liberales (hecho que marcó su reputación de crueldad), Cabrera intensificó su campaña de represalias. Sus tropas, conocidas como "la partida de Cabrera", asolaron pueblos leales a Isabel II, aplicando una política de tierra quemada que incluía ejecuciones sumarias. Esta brutalidad, aunque efectiva militarmente, le granjeó tanto temor como rechazo entre la población civil.
Su mayor éxito militar fue la toma de Morella (1838), plaza fuerte que convirtió en la capital simbólica del carlismo en el este. Durante meses, resistió los asedios del general liberal Espartero, demostrando un dominio excepcional de la guerra de posiciones. La victoria le valió el ascenso a Teniente General por el pretendiente Carlos María Isidro, quien lo nombró Conde de Morella.
Sin embargo, su inflexibilidad estratégica también tuvo consecuencias negativas. En 1839, rechazó el Abrazo de Vergara (pacto de paz entre carlistas moderados y liberales), prolongando la guerra en el Maestrazgo hasta 1840. Aislado y sin apoyo, finalmente cruzó la frontera hacia Francia con los últimos resistentes, marcando el fin de la guerra en el frente oriental.
Cabrera dejó un legado militar controvertido: mientras los carlistas celebraron su tenacidad, los informes liberales destacaron su crueldad (como la masacre de prisioneros en Burjassot, 1836). Historiadores coinciden en que su capacidad para mantener viva la rebelión durante siete años, con recursos limitados, lo sitúa entre los genios tácticos del conflicto.