Batalla del Jarama

(1937) Guerra Civil Española

Las operaciones en Andalucía eran un hecho marginal. Solo buscaban objetivos secundarios, propagandísticos (como Málaga o Santa María de la Cabeza), económicos, (como Peñarroya o Almadén), la conquista de un puerto más cercano, o el ensayo general de las unidades recién llegadas de Italia. Por otra parte, ocuparon pocos efectivos y material, porque los esfuerzos se concentraban en la batalla del Centro (Madrid), que se esperaba resolutiva.

En plenas operaciones sobre Málaga, tanto los republicanos como los nacionalistas prepararon una ofensiva en las proximidades de Madrid.

El Jarama, con sus 188 kilómetros de curso, es el río más importante de cuantos nacen en la vertiente sur del Guadarrama. Afluente del Tajo por la derecha, su valle corre paralelo al del Manzanares y limita al este con la llanura de Madrid. En la región del valle del Jarama, que corre de norte a sur, acumulaba fuerzas el mando republicano durante enero de 1937. Su intención era preparar un ataque para descongestionar la presión rebelde sobre la capital.

El Estado Mayor republicano, a las órdenes del general Martinez Cabrera, envió hombres y material a la zona del Jarama para organizar las unidades del ataque que debía dirigir el jefe del Ejército del Centro, general Pozas, cuyo cuartel general estaba en Alcalá de Henares. La operación se había planeado con un ataque principal, a cargo del Ejército del Centro en dirección a Ciempozuelos y Torrejón, mientras las reservas situadas en Madrid le apoyarían con una penetración hacia Navalcarnero. De ello debía resultar el corte de las carreteras que convergían en Madrid desde Andalucía y Toledo, a través de las cuales los rebeldes recibían refuerzos y suministros.

A su vez, los sublevados habían renunciado a atacar por el oeste de Madrid. Sucesivamente habían combatido en la Casa de Campo, la Ciudad Universitaria y la carretera de La Coruña, sin resultados positivos Por ello decidieron atacar por el lado opuesto. La ciudad dependía de sus comunicaciones por el este, en especial la carretera con Valencia. Así, el ataque se planeó de modo que partiera del sur de Madrid y cortara las comunicaciones con Levante. El río Jarama se oponía a la marcha transversalmente y no era vadeable en aquella época del año, por lo que sería preciso ocupar sus puentes, en poder republicano.

Se organizaron cinco brigadas para la operación, reforzada cada una con seis baterías, una sección de cañones contracarro y una compañía de zapadores Dos compañías de carros, una brigada de caballería y un regimiento de infantería participaban también, como refuerzo. La operación se planeó para el 24 de enero, pero llovió durante más de dos semanas y fue preciso esperar al seis de febrero.

Simultáneamente al ataque sobre Málaga comenzó la batalla del Jarama. Desde Pinto, y en un frente muy estrecho para penetrar más fácilmente, atacaron las brigadas. La situada más al norte (Rada) debía marchar a La Marañosa y Vaciamadrid, donde confluyen el Jarama y el Manzanares Paralelamente (Buruaga y la caballería de Cebollino) se pretendía llegar al Jarama y atravesarlo por Pindoque. Otras tres brigadas salieron de Valdemoro, también en dirección al río. Las dos primeras (Asensio) marchaban en dirección a San Martín de la Vega y la última (García Escámez) hacia Ciempozuelos.

Precisamente se atacó en la zona donde se concentraban tres brigadas republicanas, las cuales carecían de mandos eficaces, de artillería y de transmisión, pero habían mejorado mucho en instrucción y disciplina. Sin duda no eran todavía un Ejército, pero el medio año de guerra en Madrid las había transformado.

La debilidad republicana no estaba en la falta de tropas, sino en la escasez de mandos intermedios, en la dificultad de organización y en la débil instrucción de muchas unidades.

Los rebeldes habían aumentado sus tropas de regulares y legionarios -fuerza de choque en el frente de Madrid- con las continuas expediciones de moros que llegaban de Marruecos y el alistamiento de españoles y portugueses en la Legión, que en aquella ocasión contaba con un batallón de 600 voluntarios irlandeses, reclutados por el partido de extrema derecha del general Eoin O'Duffy e instruidos en Cáceres para la guerra. La llegada de cañones alemanes y la entrada en juego de la Legión Cóndor suponían garantías de apoyo a la operación. En cambio, las fuerzas italianas de tierra no podían intervenir por estar ocupadas en las operaciones de Andalucía. Ambos bandos tenían en la batalla de Madrid sus mejores tropas y material, es decir, pensaban dedicar su esfuerzo al que era, todavía, el gran objetivo de la guerra. Los técnicos soviéticos y alemanes habían acudido ya a los respectivos frentes, dispuestos a asesorar a los dos bandos enfrentados en la batalla decisiva.

El día seis de febrero el ataque rebelde avanzó sin dificultades y ocupó La Marañosa y Ciempozuelos, pero el día siete llovió de nuevo y cesó el avance. Mejoró el tiempo el día 11, aunque el río iba tan crecido por las lluvias que era impensable atravesarlo por donde no hubiera puentes. Estos no habían sido volados por los republicanos, que los habían dinamitado parcialmente. Antes de que amaneciera el día 11, dos brigadas nacionalistas cruzaron el Jarama, atravesando por sorpresa el puente de Pindoque. Más al sur pudieron pasar también por San Martín de la Vega.

Los republicanos habían sufrido momentos de desconcierto en el ataque del día seis, pero sus tropas acudieron de todas partes a cortar el avance enemigo. Se trataba ya de una batalla en campo abierto, donde la calidad de las tropas era básica.

Las primitivas columnas rebeldes que llegaron de Andalucía durante el verano eran un ejército entrenado, con buena protección aérea, carros, aviación y, sobre todo, gran disciplina. En cambio, las dificultades gubernamentales eran grandes, porque no se había logrado coordinar todos sus recursos al servicio de la guerra. Sin embargo, por primera vez existía un embrión de Ejército, con brigadas organizadas, fogueadas y con buen material. La resistencia republicana no era ya la de sencillas y primitivas filas de milicianos armados, como las que habían sido barridas en Badajoz o Talavera.

A pesar de todo, los rebeldes proseguían el avance, sin que el Estado Mayor del general Pozas encontrase el medio de detenerlos. Aquéllos estaban sólo a 25 kilómetros de la carretera Madrid-Valencia. Si consumaban el corte, la capital quedaría completamente cercada, los suministros se agotarían, no podría alimentarse la batalla y Madrid, con las únicas tropas republicanas eficaces, podía caer.

Después de atravesar el Jarama los sublevados hallaron la cadena de cerros que flanquean el valle por el este. Eran lomas suaves, no muy altas y rodeadas de olivos. Los republicanos las eligieron como trinchera de resistencia, dispuestos a no dejarse desalojar.

El día 13 de febrero de 1937 el sentido de la batalla cambió. Los rebeldes habían cruzado el río dos días antes y establecido cabezas de puente, pero fueron detenidos por el fuego que llegaba de las colinas.

La batalla se endureció y por primera vez aquello era una guerra moderna. La Legión Cóndor alemana estaba en plena operatividad. Los bombarderos y cazas infligían duros ataques a las tropas republicanas, pero debían lidiar con los cazas soviéticos. Los combates aéreos fueron espectaculares, hasta con cien aparatos simultáneamente en acción. La artillería alemana hizo su aparición con gran eficacia y los carros soviéticos se revelaron como los mejores blindados de la contienda.

La reacción republicana comenzó el día 14 con algunos contraataques. Al día siguiente la operación se desvinculó del Ejército del Centro (Pozas) y quedó bajo el mando de Madrid (Miaja-Rojo). Así aumentó la coordinación y muchas reservas fueron trasladadas desde la capital al Jarama, cuando se comprobó que aquello no era una acción de diversión, sino una ofensiva en toda regla.

La artillería de los dos bandos fue concentrada en aquella zona. Los combates se encarnizaron con bombardeos que hacían temblar el suelo, entre nubes de polvo, manteniéndose día y noche.

El día 17, el mando republicano ideó una maniobra de flanco para cortar el dispositivo de los rebeldes desde Madrid. Estos habían avanzado de oeste a este, a lo largo del límite sur de la capital. Desde Vallecas, un ataque republicano cortó transversalmente la línea rebelde de abastecimiento, en dirección a La Marañosa. En la primera embestida los republicanos llegaron cerca de los puestos de mando enemigos, pero no prosperaron. El centro de la maniobra estaba en el valle del Jarama y, desde Vallecas, habían salido muy pocas fuerzas. La reacción de los rebeldes les obligó a abandonar la tentativa.

El mando republicano retiró tropas de todos los sectores para llevarlas a la batalla del Jarama. Eran formaciones cada vez mejor coordinadas y dirigidas. Con la experiencia de Madrid, a los cinco días del primer combate, la artillería republicana ya operaba bajo mando único. Su material había mejorado, aunque persistían dificultades de municionamiento.

En el conjunto de operaciones sobresalía el objetivo del cerro del Pingarrón, que los rebeldes tomaron y decidieron mantener a toda costa porque dominaba la carretera de San Martín de la Vega a Morata de Tajuña, única comunicación de la zona. La vía corría en el sentido del ataque y era el cordón umbilical por el que se nutría el frente. El Pingarrón era la clave de toda la cabeza de puente rebelde sobre el Jarama. Primero, la brigada de Lister consiguió desalojarlos. Dos días después, el Pingarrón cambió de manos, gracias a tres asaltos rebeldes que costaron un río de sangre. Asensio, cuya brigada tenía tomado el cerro, mandó a los regulares de Ceuta (Zamalloa) y les ordenó la defensa a toda costa.

Desde aquel momento, pues, el Pingarrón polarizó la batalla. En la madrugada del 20 de febrero la artillería republicana inició un intenso cañoneo contra el cerro, prolongado hasta la mañana del 23. Las últimas descargas coincidieron con el asalto de la infantería. Los republicanos lograron llegar a la cima, pero no pudieron desalojar a los defensores. Con sus oficiales muertos o heridos, los moros supervivientes aguantaron hasta la llegada de refuerzos que finalmente despejaron el Pingarrón. El resto de la jornada presenció nuevos ataques hasta el anochecer, sin que los republicanos pudieran tomar el cerro, tras las pérdidas de la mañana.

Aquel fue el último esfuerzo. Ambos bandos estaban desgastados y la batalla se extinguió de manera progresiva mientras se fortificaban las posiciones conseguidas.

Unos y otros hablaron de la batalla del Jarama como de una victoria. Los rebeldes habían cruzado el río, mantenido la cabeza de puente, pero sin alcanzar la carretera de Valencia. Los republicanos habían detenido la ofensiva enemiga para cercar Madrid, a costa de perder algún terreno en los primeros momentos. Lo justo sería hablar de un empate. Pero un empate que costó unas 40.000 bajas entre ambos bandos.

Varios colaboradores, Historia de España, Instituto Gallach de Librería y Ediciones, 2003, T. VI.
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