Batalla de Lepanto (1571)

Fresco de la batalla en el museo del Vaticano

La pujanza marítima turca se encontraba en su apogeo en 1560, después de la victoria de Djerba. Malta había conseguido resistir en 1564, pero en 1570 los turcos atacaron a los venecianos en Chipre, determinando así el nacimiento de la Santa Liga, compuesta por España, Venecia y el papa Pío V, y la ayuda de Génova, Nápoles y Malta (20-V-1571).

El comandante en jefe de las fuerzas de la Liga fue don Juan de Austria , que con sus veinticuatro años de edad acababa de vencer al Islam en la guerra de Granada. Felipe II no podía superar una permanente sospecha de la juventud y juicio de su hermanastro, por lo que le mantuvo bajo la tutela del magnate catalán don Luis de Requesens y una junta compuesta por este, Andrea Doria, el recién nombrado marqués de Santa Cruz -don Álvaro de Bazán- y Juan Cardona. Don Juan llegó a Messina, punto de reunión de la flota, el (23-VIII-1571), donde le aguardaban Marco Antonio Colonna al frente de doce galeras pontificias, y Sebastián Veniero, comandante de 48 galeras venecianas y que esperaba otras sesenta de Creta y 18 más de Venecia.

Las fuerzas españolas eran de 81 galeras, veinte naves bien artilladas y veinte mil infantes. La sola presencia de don Juan levantó inmediatamente la moral de las tropas aliadas, a las que su orientación y personalidad forjaron como un todo homogéneo. Con la llegada de Andrea Doria, don Álvaro de Bazán y Juan de Cardona las fuerzas estaban al completo.

Al pasar revista a todas las tropas concentradas y viendo que las galeras venecianas estaban escasas de tropas impuso a Veniero -en un alarde de valentía- que las ocuparan cuatro mil veteranos españoles e italianos. Distribuyendo sus fuerzas así mejoró al calidad de toda la flota. Finalmente impuso su decisión de ir a la búsqueda del enemigo y destruirlo. Antes de partir, el obispo Odescaldo, en nombre del papa concedió a la armada un jubileo extraordinario, la bendición apostólica y las indulgencias que se otorgaban a los cruzados de Tierra Santa.

Mientras tanto, la armada turca al mando de Alí Pachá y constituida por doscientas galeras, reforzada por treinta navíos del corsario argelino Euldj Alí (Luchalí), saqueó durante los meses de julio y agosto las costas del Adriático en acciones insignificantes que, sin embargo cansaron sus fuerzas. Lo avanzado de la estación se iba a convertir así en una oportunidad para la Liga que don Juan supo aprovechar.

Salió la flota cristiana de Messina el 16-IX rumbo a Corfú. En vanguardia, una flotilla de seis galeras al mando de Juan de Cardona tenía la misión de explorar y detectar la presencia de la flota turca. Por un aviso de Gil de Andrade se supo, el 29-IX, que los turcos se habían internado en el golfo de Lepanto, con intención, al parecer, de esperar allí a la armada de la Liga. Hubo junta de generales, y el cauteloso Doria fue del parecer de no ir a la batalla, pero opinaron en contra los demás, y el de Austria decidió salir en busca del enemigo.

El 2 de octubre tuvo lugar un desagradable incidente que estuvo a punto de hacer fracasar toda la empresa: una reyerta ocurrida a bordo de una galera veneciana con unos arcabuceros españoles que tuvo por consecuencia el que Veniero, arrogándose competencias que solo correspondían al comandante en jefe, ajusticiase a algunos. Las dotes diplomáticas de don Juan salvaron el escollo.

De repente, las dos flotas, que se andaban buscando una a la otra, se encontraron al amanecer del siete de octubre a la entrada del golfo de Lepanto, donde la flota cristiana pudo inmovilizar al enemigo. En una extensión de unas cinco millas se encontraban las 230 galeras turcas frente a las 208 cristianas, aunque estas iban ocupadas con artillería de mayor calibre y contaban con la infantería española. Don Juan, de acuerdo con la táctica contemporánea, adelantó sus seis galeones venecianos para constituir una vanguardia de fuerte poder artillero; detrás de él dividió su flota de galeras en cuatro escuadras en línea de combate: a la izquierda, bajo el almirante veneciano Barbarino; a la derecha, bajo Doria; al centro, él mismo; y el cuarto escuadrón, bajo Santa Cruz, formando la retaguardia.

Las galeras turcas estaban situadas de manera semejante. Hacia mediodía cesó el viento y bajo un cielo sin nubes, enarbolándose mutuamente las banderas sagradas, dio comienzo la batalla. Los turcos trataron de coger por la espalda al enemigo por ambos extremos. A la derecha Doria fue desplazado e inducido a extender su línea hasta el extremo; dejaba así un hueco en el centro y se alejaba cada vez más de la acción principal. A la izquierda, los venecianos mantuvieron sus posiciones, a pesar de la pérdida de su jefe, Barbarigo. En el centro, la galera de don Juan, con sus trescientos veteranos, se encaró hacia el buque insignia de Alí Pachá y sus cuatrocientos jenízaros.

La batalla se convirtió en una serie de luchas feroces y sangrientas entre pequeños grupos de infantería. La muerte de Alí Pachá, cuya galera tomaron al asalto los soldados de don Juan y Colonna, decidió el combate sobre las cuatro de la tarde. la victoria aliada fue total. Solo escaparon 35 galeras turcas al mando de Luchalí; el resto fue capturado o hundido y las pérdidas fueron de treinta mil muertos y veintiún mil heridos. La victoria de Lepanto, fruto del genio de don Juan, la disciplina cristiana, la potencia de fuego de las naves venecianas y la excelente infantería española, no tuvo efectos inmediatos: Chipre siguió en poder de los turcos; el sultán se rehízo de las pérdidas con rapidez asombrosa –un año más tarde ya contaba con 220 embarcaciones– y en el norte de África los piratas berberiscos campaban a sus anchas. pero el mito del poder turco quedó roto .

BALDUQUE, Luis Miguel, Enciclopedia de Historia de España, dirigida por Miguel Artola, Ed. Alianza Editorial, 1991, tomo 5 Diccionario temático, págs. 737-738.
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